Ven en muro fronterizo opción para beneficiarse

Metro a metro, los fragmentos de fierro del antiguo muro fronterizo que divide a México de Estados Unidos, esos que por años separaron familias, ahora sirven de sustento para hombres y mujeres que han encontrado un buen negocio en reciclar las partes metálicas sobrantes tras la construcción de la nueva estructura.

“Es un regalo del Donald Trump para la raza, y el ‘güey’ ni sabe”; tras echarse a la espalda parte de una estructura semidestruida, Jorge ve el lado positivo del proyecto multimillonario implementado por el gobierno “americano” para renovar la muralla que separa ambas naciones.

Es la zona de Anapra, una de las colonias más pobres de Juárez, donde las carencias son el común denominador desde que se establecieron las primeras familias hace unos 40 años, luego de apoderarse de terrenos que eran de acaudalados hombres de negocios.

 AQUÍ SE ACABA MÉXICO

Las casas de Anapra están a unos metros del territorio estadounidense. Por estos rumbos ven más seguido a la Patrulla Fronteriza que a la Policía Municipal.

A finales de los 90 se instaló a lo largo de esta parte de la frontera una malla metálica de unos tres metros de alto, reforzada a lo largo del tiempo con láminas, ya que constantemente los “polleros” le hacían orificios para cruzar a ilegales durante la noche.

Un año antes de terminar su mandato, Barack Obama aprobó un proyecto para sustituir esa malla por un muro hecho con enormes barrotes de acero, de unos cinco metros de alto, y unos 20 centímetro de diámetro cada uno, además de tener una base de cemento, y cimientos de más de un metro.

La obra de reemplazo iba relativamente lenta, pero con el arranque de la era Trump, aparentemente se han acelerado los trabajos. Los residentes aseguran que se debe a que el nuevo gobierno ha liberado recursos financieros para terminar lo antes posible.

Desde hace meses cuadrillas de trabajadores, irónicamente casi todos mexicanos o descendientes de éstos, derrumban el viejo muro y levantan el nuevo. Con tractores de los conocidos como “mano de chango”, la antigua cerca cae en unos cuantos segundos, muchas veces en territorio nacional.

Vecinos del sector y otros tantos que llegan desde lejos están atentos para recolectar los pedazos de tubo, lámina y malla metálica.

Al llegar el mediodía unas 14 personas entre hombres, mujeres y niños cargan una camioneta con los fierros que levantan. Cada pieza es llevada en la espalda o cargando entre dos por unos 30 metros. El metal casi arde bajo el incandescente sol del desierto. Nadie usa guantes ni casco, mucho menos una carretilla.

“Hay que chambear duro, está pesado, pero sí sale un billete, jefe”, comenta Jorge.

El metal del muro se lleva a las plantas recicladoras, donde compran el kilo de fierro viejo en 4 pesos. Los hombres adultos son los que juntan las piezas más grandes y pesadas, por las que se llevan hasta 700 pesos en un día.

A la par, niños y adolescentes caminan por donde se levanta la nueva muralla, juntando varillas y tubos que cortan las cuadrillas, cuyos trabajadores fingen no percatarse o hasta les avisan dónde hay material disponible.

 CON LAS MANOS VACÍAS

La temperatura ronda los 40 grados, Jorge acaba de terminar de cargar lámina junto a sus compañeros y toma un descanso mientras se seca con la camisa el sudor que cubre su cara.

“Aquí andamos, mi paisa, buscando empezar de nuevo”, comenta con una voz cargada de nostalgia. Se sienta a medias, y comienza a relatar su historia, mientras sus compañeros de tarea lo interrumpen lo mismo para consolarlo, que para una broma, aunque bien saben que todos han pasado por una vida azarosa y su pasado reciente parece ser tomado del mismo libro.

“Ahí donde me ves, yo estoy casado con un gringa, una güera, es gabacha. Pero me echaron para afuera por gachos, primero ella y luego el Trump”.

Jorge llegó hace 22 años a Denver, Colorado, hace 18 comenzó a trabajar en una compañía dedicada a la instalación de ductos para aire acondicionado y calefacción. Hace cinco inició su propia compañía en ese rubro.

Relata que contrajo matrimonio, pero su esposa fue a la cárcel. Mientras ella estaba en prisión tuvieron una hija, La niña tenía un mes cuando se la entregó a Jorge y le pidió que la criara. Desde ese día él vio solo por la pequeña, le dio educación, la formó en valores e hizo todo lo que estaba en sus manos para que tuviera la mejor vida posible.

“Cuando salió de la cárcel la niña ya estaba grande, nos fuimos a vivir juntos los tres. Al principio todo iba bien, pero luego comenzamos a pelearnos mucho, hasta que un día me cansé y le pedí el divorcio”.

Esa decisión cambiaría la vida de Jorge, de su hija y de toda su familia.

“Le dije que ya no quería estar con ella, y me salí de la casa. Era una mujer medio loca, muy bonita, pero loca. Se arañó ella sola la cara, se golpeó y llamó a la policía para decir que yo la maltraté. Me acusaron de violencia familiar y estuve cuatro meses en la cárcel”, asegura.

Jorge contaba con un permiso legal para trabajar en Estados Unidos, precisamente por estar casado con una ciudadana, y estaba a punto de recibir su visa de residencia. Pagaba impuestos y no tenía antecedentes penales ni policiales, dice que para no tener problemas con Migración se comportaba de manera ejemplar.

“Nos llevaron a los dos ante el juez y ella reconoció que había inventado todo, que yo nunca le pegué. El juez se enojó mucho, nos dijo que quedaba absuelto de la acusación de ella, pero que en ese momento el estado de Colorado me demandaba de nuevo por violencia familiar, para aclarar si era o no culpable”.

Quedó en libertad, pero siguió su juicio. Tuvo que contratar abogados y presentarse innumerables ocasiones ante la Corte. Su esposa lo dejó, pero de nueva cuenta le entregó a su hija. “Yo había ahorrado unos 20 mil dólares, todo me lo gasté en multas, fianzas y abogados, y nada se resolvía. Les pedí prestado a mis hermanos otros 10 mil dólares, hasta que me los acabé”.

Cuando todo el dinero acabó, por fin el juez lo declaró inocente, “Sentí que volvía a nacer, que por fin iba a poder vivir tranquilo y comenzar a trabajar para pagar todo lo que ya debía”.

Pero la vida y Donald Trump le tenían una desagradable sorpresa: en la última audiencia la Corte notificó a Migración del caso de Jorge. “Iba saliendo de la Sala y ya me estaban esperando, dijeron que por haber ido a juicio perdía mi permiso de trabajo y me llevaron detenido. Estuve tres meses en un centro de detención y luego me deportaron aquí a Juárez”.

En ese tiempo logró entregar a su hija en adopción a uno de sus hermanos porque sabía cuál sería su destino. “La extraño mucho, quiero verla, pobrecita, su mamá no la quiere y su papá acá tan lejos”.

Desde hace dos meses Jorge se gana la vida en la frontera en empleos temporales, sus padres viven en Aguascalientes, pero no quiere ir a visitarlos.

“Tengo vergüenza de ir con mis padres, no llevo nada. Yo les prometí que cuando volviera iba a ir en una troca grandota, arreglada, que les llevaría regalos, y que los iba a sacar de trabajar. Así no puedo volver, nomás a dar lástima. Voy a seguir aquí y en la primer oportunidad me regreso a Denver, a darle otra vez”…